Victoria Camps y su Ética de mínimos

Victoria Camps y su Ética de mínimos

 

En este artículo intentaremos trasladar el enfoque de la filósofa española, Victoria Camps, lujo viviente para el mundo de la Etica en España, enfoque decíamos, sobre las virtudes públicas y una ética de mínimos.

Plantea Camps que, al objeto de obtener o conseguirse la tan deseada y deseable cohesión moral, conviértese en elemento imprescindible para la misma la existencia del civismo, entendiendo por tal la moral ciudadana, en el sentido de constituir ese conjunto ético minimo, común, que toda persona integrada en un sistema democrático y de Derecho ha de llevar a cabo o, por lo menos, poner empeño en su materialización. Ello incluye, obviamente, la asunción como propios, además, de deberes.

A su vez, recordándonos que las actitudes cívicas así expuestas han de corresponderse con una adecuación por parte de ellas a las exigencias y necesidades de una sociedad democrática, se plantea cuál es el origen de tales necesidades y exigencias, concluyendo que el concepto ciudadanía está sostenido por dos pilares fundamentales: Uno es el de democracia, y el otro es el de Estado de Derecho. A su vez, el concepto mismo de soberanía popular, hoy día se ha ampliado, de tal modo o guisa que ya no es suficiente el enfoque hasta hace poco habitual de meramente ir a votar, elegir a nuestros representantes, y misión cumplida, sino que las tendencias actuales en lo concerniente al ámbito democrático de la sociedad traen a colación otro concepto, que no sustituirá al anterior (el representativo), ni lo pretende, pero sí lo acompañará, refiriéndonos al concepto participación, lo cual exige y supone implicación, con una sociedad y con unos valores, y llegados a este punto, aclarando que, aunque tal participación no será impuesta, constituirá no obstante la misma una obligación moral, no valiendo por tanto, y por ello mismo dejando en tal caso de ser cívica, la conducta tan extendida hoy, consistente en desentenderse de la política, no sólo en cuanto a informarnos sobre ella, sino incluso a participar en la misma. Todo ello generaría un ejercicio activo del concepto de ciudadanía, ya que las personas, al implicarse mediante su acto de participación (más allá del periódico voto en las elecciones), se corresponsabilizarían, sintiéndose parte del cambio, y de los destinos de su comunidad.

Otro aspecto, que por otro lado nos rodea hoy día por doquier, y que expone Camps es el de la desmoralización de la sociedad actual, entendiendo tal expresión en el sentido de sociedades sin moral, en donde el mayor protagonismo lo tienen figuras como el hedonismo, la exaltación de la libertad, sin limites, el desnortamiento moral en aras de una supuestamente sacra libertad individual extrema, dando ello pie a sociedades agresivas, irrespetuosas con los demás, vandálicas, egoístas, en una búsqueda casi permanente del placer inmediato, alérgicas a todo lo que signifique deber, practicándose una especie de indolencia ética, en modo alguno imperativa, inmersa en un mar, además, de confusión de valores, citando por ello a Lipovetsly (el crepúsculo del deber). Es por ello que nos recuerda que una moral así, sin límites, deja de ser moral, pues termina negándose a sí misma, en favor de la permisividad más absoluta.

Por contra, nos recuerda que el ejercicio de la libertad ha de ser responsable, naciendo de la autolimitación, y guiado por valores, imprimiéndole así un sentido. Su no llevanza a cabo ahondaría simplemente en sociedades insolidarias, del tipo sálvese quien pueda, donde el desentendimiento y la falta de valores o de principios serían la única regla.

A su vez, y enmarcado ahora en el ámbito del concepto de ciudadano (contrapuesto al de súbdito), y yéndonos a las sociedades democráticas de nuestro tiempo, expone que, un Estado de Derecho sólo admite dos tipos de coacción: Una es la jurídica, que actuaría ante la contravención ciudadana en lo concerniente a las leyes establecidas; la otra sería la coacción moral, que iría más allá de la ley, exigiendo un plus de ejemplaridad en la conducta del sujeto, exigiéndose por tanto, y a tal fin, la presencia de personas virtuosas, siendo estas aquellas que, no sólo sus miras, sino su actitud, su día a día, irá más allá de los intereses estrictamente particulares, para incorporar en su norte ético el interés del grupo, entendiendo por tal el de la ciudadanía o interés colectivo.

Es a propósito del concepto de virtud, cuando Camps nos recuerda su origen aristotélico, en concreto la ética de las virtudes de Aristóteles, que enfatizaba tanto en el carácter, recordándonos que, estudiamos ética no para saber más, sino para ser mejores. Todo ello lo enmarca Victoria Camps en la democracia actual en el sentido de que en la persona demócrata de hoy, dicha ciudadanía ha de estar guiada por unos mínimos éticos, consiguiéndose así, gracias a dicha eticidad mínima que, sin hacer desaparecer la libertad individual, su ejercicio no se convierta en obstáculo ni de tal sistema democrático ni del interés público.

Por otro lado, y con toda la razón, critica el desentendimiento actual de la mayoría de la ciudadanía en cuanto a la acción y decisión políticas. La mayoría del pueblo permanece sumido en una gran desafección en lo que a la política se refiere, permaneciendo distante, criticando a la clase política media, recelando de ella, pero sin implicarse, absteniéndose de intervenir en tal parcela. Al final hay una sociedad desmembrada: La clase política, dedicada a “sus labores”, y el resto del pueblo; sin vasos comunicantes entre ambas “facciones”. Fenómenos que otrora imprimían cohesión social a la sociedad, al estar empapados de valores, como en el pasado hacían la religión o el sentido de pertenencia a un pueblo, hoy aparecen más que diluidos, o con un papel meramente anecdótico o residual. La atomización que hoy caracteriza a nuestra sociedad tiene por nota habitual la ausencia de compromiso para con la misma, su no implicación. Es por ello que si queremos que el civismo adquiera protagonismo, en el sentido de una ciudadanía virtuosa, moral e implicada, que vele por el interés común más que por el individual, que asuma el protagonismo del concepto deber, que entienda que hay límites, para llegar a ello será imprescindible una inteligente y continuada labor educativa.

Para ir terminando, concluye Camps recordándonos el valor central, nuclear, del concepto justicia, destacándolo del resto de los valores éticos, para elevarlo (como no podía ser menos) a la categoría de superior, no sin recordarnos que son precisamente las clases dirigentes las que menos empeño e interés ponen en conseguir sociedades más equitativas ¿quién controla al poder?

Para ya terminar, y a modo de reflexión, orientada ésta hacia los empleados, públicos o no, cuenta Svara (2007) que, a la hora de que se actúe con el máximo rigor ético, habría cuatro elementos básicos para tal cometido:

 

1) Sensibilidad moral: tener conciencia de la existencia de un dilema moral.
2) Juicio moral. Capacidad para decidir qué acción será más adecuada moralmente.
3) Motivación moral. Inclinación a elegir lo moralmente apropiado

4) Carácter. Capacidad para convertir el juicio en acción

 

¿los cumplimos todos o hay algún requisito que no aplicamos?

 

Autor: Javier Hernández Martínez

Web personal: www.proteccionlegal.com

E-mail: javier (más arroba) proteccionlegal.com

 

Miscelánea filosófica:

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